La confesión

Sé tú mismo el cambio que deseas para este mundo. Mahatma Gandhi (1869-1948), el gran líder del pueblo indio, cuenta en su biografía cómo cometió un robo a la edad de quince años. El asunto supo. La sospecha cayó sobre él. Tenía la sensación de que todo el mundo lo miraba con recelo. Nadie habló de ello, sin embargo, pero la tensión en la familia era inconfundible, especialmente en el padre. El joven Gandhi luchó consigo mismo. ¿Debería confesar? ¿Debería fingir que nada de esto era asunto suyo? Decidió no volver a robar, admitir su culpa y contarle todo a su padre: "Pero no me atreví a hablar. No es que temiera que mi padre me golpeara. No recuerdo que haya golpeado a ninguno de nosotros. Lo que yo temía era causarle dolor.

Dieser Kreuzweg befindet sich auf dem Friedhof des Paderborner Mutterhauses der Schwestern der Christlichen Liebe

Es war in einem verlorenen Bergdorf. Das lag zu Füßen eines großen Berges. In die Felsen hatte das Wetter ein menschliches Gesicht eingeätzt, und dieses Antlitz schaute hinaus über die Landschaft und wirkte durch seine riesigen Ausmaße streng und ernst.

Im Dorf erzählte man sich: Eines Tages werde ein gütiger Mann kommen, der dem Felsengesicht Zug um Zug gleicht, das Dorf zu Ansehen bringen und unvergesslich Gutes tun wird an alten, kranken und bedürftigen Menschen.

Und da war ein sechsjähriger Junge, der diese Geschichte hörte und nicht mehr aufhören konnte, darüber nachzusinnen, und seine Augen immer wieder zu diesem großen Antlitz erhob. Und er konnte es gar nicht verstehen, dass ein solch strenges Gesicht, welches ihm nicht gefallen wollte, einem so guten Mann gehören sollte.

Sucedió en una pequeña aldea, al pie de una montaña. El clima había modelado un rostro humano en la roca que miraba hacia la aldea. Su gran tamaño hacía aparecer el rostro muy serio y severo.

Les habían dicho a los aldeanos que algún día vendría un hombre bueno que debía tener los mismos rasgos de ese rostro de roca. Haría muy conocida la aldea y haría un bien inolvidable a los ancianos, enfermos y necesitados.

Un niño de seis años había escuchado esta historia. No podía dejar de reflexionar sobre ella y de vez en cuando miraba ese rostro de piedra. No podía entender por qué este rostro, que no le gustaba mucho, pudiera pertenecer a un hombre tan bueno.

El niño creció. A menudo se paraba a la entrada de su casa y meditaba sobre la roca. A veces detenía su trabajo para mirarla. Poco a poco comenzó a gustarle más y más ese rostro de piedra. Encontraba que su mirada era mansa y su boca amistosa. Un día el joven pasó por la aldea. Cuando lo vieron sus vecinos, quedaron atónitos. Vieron que el joven tenía el mismo rostro de la roca y que nada se podía comparar con su caridad.

La mirada meditativa es un gran misterio. Cuando dos personas que se aman, han estado juntas mucho tiempo, tienden a asemejarse mucho entre sí. ¿No puede suceder lo mismo cuando meditamos largamente sobre el rostro de Cristo?

(Aus: Inmitten der City, H. Gilhaus)

 

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